
Tener 80 años no es lo mismo en 2023 que en 1776, pero incluso entonces un veterano Franklin lideraba junto a un joven Hamilton
Published : 25 ਅਪ੍ਰੈਲ 2023
El anuncio del presidente Joe Biden de que se presentará a un nuevo mandato preocupa a muchos estadounidenses. En su posible segunda toma de posesión tendría 82 años, y superaría su propia marca como el presidente estadounidense de mayor edad.
El envejecimiento ha cambiado radicalmente a lo largo de los siglos. La medicina y unos mejores hábitos de vida han reducido notablemente los efectos del paso del tiempo.
En el pasado, las cosas eran muy distintas. En 1783, por ejemplo, a los 51 años, el general George Washington renunció a su cargo militar y se examinó con detenimiento.
Lo que vio fue una ruina: casi un Matusalén. Se había vuelto, según su célebre frase, «no solo canoso, sino casi ciego al servicio de mi país».
Como biógrafo de Washington, puedo asegurarle que su conocida descripción de su estado quizá fuera algo exagerada. En realidad, Washington no era tan mayor, aunque la esperanza de vida media en aquella época era de 38 años.
Los mayores de hoy son, por así decirlo, mucho más jóvenes de lo que solían ser, sobre todo si son ricos. El campo del antienvejecimiento está en auge, y los datos indican que la ciencia podría prolongar no solo la esperanza de vida, sino también los años en que una persona se mantiene sana y libre de enfermedades. Además, una mentalidad juvenil puede tener un efecto poderoso y aumentar la longevidad.
Pero, se mire como se mire, 82 sigue siendo una cifra alta.
Cuando Joe Biden anunció su primera candidatura a la presidencia, en 1987, era mucho más joven que ahora. Shutterstock
Viejas «máquinas» que fallan
Los estadounidenses llevan mucho tiempo albergando sentimientos encontrados sobre la edad y los líderes mayores. Para empezar, los hombres que lucharon en la Revolución y moldearon la joven nación eran ellos mismos muy jóvenes.
Alexander Hamilton, el cerebro de la Constitución de Estados Unidos, tenía solo 30 años cuando asistió a la famosa Convención de Filadelfia, donde se redactó ese documento.
Frente a «los vicios de la vieja Inglaterra», se concebía que Estados Unidos surgiría de la creatividad de los jóvenes. Representaba un enorme potencial.
«Gran Bretaña ha pasado el meridiano de su día», escribió Edward Rutledge, que a sus 26 años fue el delegado más joven en firmar la Declaración de Independencia. Y mientras Inglaterra era vieja sin remedio, «nosotros somos jóvenes», concluyó.
En una época en la que la medicina y el conocimiento de la anatomía humana eran prácticamente rudimentarios, la vejez aterraba a todos.
«Nuestras máquinas llevan ya 70 u 80 años funcionando», le explicaba un anciano Thomas Jefferson, de 71 años, a un todavía mayor John Adams, de 78, «y debemos esperar que, desgastadas como están, aquí un eje, allá una rueda, ahora un piñón, luego un muelle, vayan fallando».
Cuando la nación estadounidense era joven, las personas de setenta y tantos años solían estar decrépitas. Pero sería un error suponer que la generación fundadora simplemente despreciaba la vejez. La joven América admiraba a los venerables sabios ancianos: el Moisés de la Biblia, ante todo.
En agosto de 1776 se celebró un debate para diseñar un nuevo gran sello para la república. Se formó una comisión, y Benjamin Franklin, uno de sus miembros, propuso dibujar a Moisés con la vara en alto, en el acto de dividir el mar Rojo, y al faraón en su carro, arrollado por las aguas. Franklin sugirió también un lema: «La rebelión contra los tiranos es obediencia a Dios».
Al igual que Washington y Jefferson, que lideraron una revolución contra un rey tiránico y su país, Moisés había guiado a un pueblo amante de la libertad, los judíos, fuera de las cadenas en las que los tenía sometidos el tiránico Egipto.
Una estatua de Thomas Jefferson se alza frente a la universidad que ideó, organizó, construyó y dotó cuando tenía más de 70 años: la Universidad de Virginia, en Charlottesville. Shutterstock
La vejez profética
Estados Unidos ha confiado repetidamente en líderes de edad muy avanzada. En la Convención Constitucional de Filadelfia de 1787, Franklin tenía 81 años. Este veterano estadista de Pensilvania no hablaba mucho.
Uno de los hombres más carismáticos del siglo XVIII, Franklin era reconocido universalmente como un profeta, un Moisés vestido a la americana. A pesar de «su extrema edad» y de ser «particularmente consciente de su debilidad», como dijo James Madison, Franklin destacaba entre delegados mucho más jóvenes.
Su aspecto transmitía una «sencillez antigua», según un testigo francés. Parecía un sabio, un clásico viviente «contemporáneo de Platón», como si hubiera llegado directamente de «la época de Catón y de Fabio».
Aunque Franklin era mucho más que alguien que cumplía una tarea, los líderes mayores de entonces aún podían mirar al futuro y ocuparse también de muchos tipos de tareas.
En 1798, tras completar dos mandatos como presidente, un agotado Washington, de 66 años, estaba dispuesto a volver a servir en el ámbito militar. Una guerra con Francia era probable, y el presidente John Adams le había pedido ayuda.
Washington experimentó «sensaciones» —es decir, sentimientos encontrados— ante la perspectiva de adentrarse, «en una etapa tan tardía de la vida», en el «ilimitado campo de la acción pública: problemas incesantes y gran responsabilidad». Y, sin embargo, aceptó servir. Por suerte para el país, la guerra no llegó.
Del mismo modo, lo que Thomas Jefferson logró en los últimos años de su vida, cerca de los 80, es extraordinario. En lo que él describió como «el pasatiempo de mi vejez», ideó, organizó y construyó una universidad pública, la Universidad de Virginia.
Trabajó con ahínco en su último proyecto, que abrió sus puertas a los estudiantes el 7 de marzo de 1825. Jefferson moriría un año después, exultante por este logro. Jefferson creía que la Universidad de Virginia formaría mejores líderes que detendrían la «amenazadora nube de fanatismo» que contaminaba la «atmósfera de nuestro país».
Biden es mayor. Su forma de hablar es imperfecta. Sin duda, cumplirá sus tareas, pero despacio, a su propio ritmo. En muchos aspectos, no puede competir con rivales más jóvenes. Es más, no es Franklin, ni Washington, ni Jefferson.
Sin embargo, si hubiera vivido en aquella época, como sus ilustres predecesores, su valor probablemente habría pesado más que sus carencias a ojos de su país: un país joven que luchaba contra el liderazgo anquilosado de sus amos coloniales británicos, pero también consciente de la sabiduría que ciertos líderes mayores aún podían aportar.
Maurizio Valsania, catedrático de Historia de Estados Unidos, Università di Torino
Este artículo se ha publicado nuevamente a partir de The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea el artículo original.

