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Los estadounidenses mayores con más recursos gozan de mejor salud y dejan atrás a los pobres

Published : 18 ਸਤੰਬਰ 2017

En el último siglo, Estados Unidos ha experimentado mejoras sustanciales en la esperanza de vida, sobre todo entre las personas con más estudios y más recursos económicos.

Nuestro estudio de 2017 analizó la salud de los estadounidenses mayores en los últimos años a partir de datos recopilados por el Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU. sobre más de 50.000 personas de 65 años o más. En 2014, las personas mayores tenían un 14 % más de probabilidades de declarar que su salud era muy buena o excelente que en el año 2000.

Sin embargo, un análisis más detallado revela una realidad preocupante: la brecha de salud entre grupos socioeconómicos se está ampliando. Las mejoras en la salud se concentraron principalmente en los grupos más favorecidos.

Nuestro trabajo pone de manifiesto una disparidad en salud que coincide con informes de otros investigadores. En 1980, un hombre adinerado de 50 años podía esperar vivir 5,1 años más que un hombre pobre de la misma edad. Treinta años después, la esperanza de vida de dos hombres de características similares difiere en más de una docena de años.

Cómo medir la salud de los estadounidenses mayores

La salud puede medirse de muchas maneras. Aunque las medidas físicas, como el peso, la presión arterial y el nivel de colesterol, son excelentes indicadores, sencillamente no resulta práctico obtener esa información en estudios con muchos miles de participantes.

La mayoría de las investigaciones realizadas hasta la fecha analizan las tendencias entre los adultos mayores frágiles o con mala salud. Estos estudios muestran que las tasas de discapacidad entre los adultos mayores han disminuido entre un 1 y un 3 % cada año desde la década de 1980.

Dado que las personas mayores tienen necesidades de salud tan complejas, puede parecer intuitivamente lógico hacer un seguimiento de la mala salud. Pero eso ofrece solo una perspectiva. En nuestra opinión, examinar únicamente a quienes tienen mala salud no permite ver cómo se distribuye en la población la buena salud, que es el objetivo de las iniciativas de salud pública. Utilizar las tendencias de discapacidad para evaluar la salud de los estadounidenses mayores es como sacar conclusiones sobre la economía de EE. UU. basándose únicamente en la tasa de pobreza.

De hecho, cuando se utiliza la discapacidad para examinar las disparidades en salud, se llega a conclusiones contradictorias. Por ejemplo, al comparar a personas blancas y negras, un informe mostró una reducción de la brecha de discapacidad a lo largo de la década de 1990, mientras que otro mostró un aumento a partir de la década de 1990 que se prolongó hasta 2006.

Nuestro trabajo

Resulta que una sola pregunta sobre la salud es en realidad muy precisa para estimar la probabilidad de que una persona muera: “En general, ¿diría usted que su salud es excelente, muy buena, buena, regular o mala?”.

Al centrarnos en la buena salud en lugar de la mala, podemos concebir la salud como un activo, de forma similar a la riqueza, en el que el objetivo es alcanzar niveles más altos. Comprobamos que, con este nuevo enfoque, las disparidades en salud entre las personas mayores se hacían sorprendentemente evidentes.

Identificamos a las personas mayores que declararon tener una salud “excelente” o “muy buena” entre 2000 y 2014. Nuestros resultados muestran que, en los últimos años, es más probable que las personas mayores declaren estar sanas. En 2014 había en EE. UU. 8,4 millones más de personas mayores sanas que en 2000.

Sin embargo, las mejoras en la salud se dieron principalmente entre los blancos no hispanos y entre quienes tenían un mayor nivel educativo o ingresos familiares altos. Por ejemplo, entre 2000 y 2014, el número de personas mayores que declaraban buena salud aumentó un 21 % entre los blancos no hispanos. En cambio, en el mismo periodo, la buena salud disminuyó un 17 % entre los negros no hispanos.

Del mismo modo, la buena salud aumentó un 10 % entre las personas mayores con un título de posgrado. También aumentó un 23 % entre las personas mayores con ingresos familiares altos, es decir, iguales o superiores a cuatro veces el umbral federal de pobreza. Sus homólogos menos favorecidos —incluidos quienes tenían como máximo estudios secundarios y unos ingresos familiares cercanos o inferiores al umbral federal de pobreza— no tuvieron tanta suerte.

¿Qué explica estas crecientes disparidades? Dado que todas las personas de nuestro estudio tenían derecho a Medicare, nuestros resultados sugieren que la influencia de los factores sociales, económicos y ambientales va más allá del acceso a un seguro médico.

Esto indica que las iniciativas de salud pública pueden no estar llegando a parte de su público objetivo. Por ejemplo, la iniciativa Healthy People 2020 del gobierno de EE. UU. tiene como objetivo controlar los factores de riesgo asociados a las enfermedades cardiovasculares, una de las principales causas de mortalidad. Sin embargo, un informe reciente muestra que los avances en salud pública han beneficiado más a los ricos que a los pobres.

La idea de que una mayor educación puede influir en la “inversión” personal que cada uno hace en sí mismo mediante hábitos saludables se remonta al concepto de capital humano descrito por el premio Nobel Gary Becker. Los ingresos y la educación están estrechamente relacionados, y su efecto sobre la salud puede durar toda la vida.

Por qué importan estas disparidades

Se prevé que para 2050 la población de adultos mayores casi se duplique. La salud de los adultos mayores tendrá un impacto significativo en la economía nacional, ya que utilizarán más recursos sanitarios y es posible que permanezcan más tiempo en el mercado laboral.

Además, la creciente brecha en salud sugiere que existen al menos dos Américas distintas. Según el lugar que ocupe una persona en el espectro socioeconómico, puede esperar una duración y una calidad de vida diferentes.

Las diferencias en la esperanza de vida son especialmente importantes ahora que los responsables políticos estudian la posibilidad de elevar la edad de jubilación de la Seguridad Social o la edad de acceso a Medicare. A la luz de esta disparidad, tales esfuerzos por hacer financieramente sostenibles los programas federales acabarían pagando menos, a largo plazo, a los grupos de menores ingresos.

Los indicadores apuntan a mayores mejoras en la duración y la calidad de vida entre los grupos más privilegiados de EE. UU. Esto plantea preguntas importantes sobre cómo diseñar mejores sistemas de salud de los que puedan beneficiarse todos los miembros de la sociedad.The Conversation

Matthew A. Davis, profesor adjunto, University of Michigan y Kenneth Langa, profesor de Medicina (cátedra Cyrus Sturgis), University of Michigan

Este artículo se ha republicado de The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea el artículo original.

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    Autor

    Matthew A. Davis
    Profesor adjunto, University of Michigan

    Kenneth Langa
    Profesor de Medicina (cátedra Cyrus Sturgis), University of Michigan

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    Salud públicaEstados UnidosPersonas mayoresDesigualdadAtención sanitariaSaludDatosTercera edadDisparidades en salud